El dilema de Winnie the Pooh: la realidad de no tener escapatoria
La dependencia de trayectoria del sistema
El mundo exterior suele presentar al “Winnie de baratillo” como un dictador, como si todo se decidiera por su voluntad. Pero si acercamos la cámara, vemos que no es más que el resultado conjunto del sistema y de la opinión pública. El dilema de Winnie no es solo suyo; es el dilema de mil cuatrocientos millones de personas.
El periodo de compra posterior a la Guerra Fría terminó. Occidente ya no quiere proporcionar mercados ni tecnología, y dentro de China la población y la economía se desmoronan. En un entorno así, cualquier líder endurecería los controles, recurriría al nacionalismo y reforzaría la represión. No es una preferencia personal: es la dirección inevitable del sistema.
Desde su punto de vista, él “mantiene la unidad”. La lógica es sencilla: cuanto más débil es la gente, menos fuerza tiene para desmontar al régimen. Aunque todos se empobrezcan, mientras sigan siendo lo bastante débiles, la máquina podrá arrastrarse hasta el siguiente ciclo. Esa unidad no se construye: se ata mediante el declive y el agotamiento.
¿Pero de verdad son inocentes esos mil cuatrocientos millones? Décadas de educación y propaganda los acostumbraron a convertir el odio en rutina. Disfrutaron de la tecnología y el capital que Estados Unidos, Japón y el resto del mundo libre llevaron durante la reforma y apertura, pero consideran a esos países como enemigos. Gritan “rejuvenecimiento nacional”, rechazan la democracia y la libertad, y tratan los valores universales como conspiraciones. ¿Winnie los traicionó? ¿O simplemente está ejecutando su propia elección?
Es una selección mutua. El Winnie de baratillo no les embutió el nacionalismo a la fuerza; se apropió de un deseo que ya tenían y lo llevó al extremo. El cierre y la confrontación que promueve son proyecciones de la actitud social. El pueblo maldice al mundo exterior mientras se queja de su propia miseria. Winnie puede preguntar sin dificultad: “¿No era esto lo que querían? Ahora que el resultado está delante de ustedes, ¿por qué solo me culpan a mí?”
Al final, el dilema de Winnie no es el destino de un hombre, sino el de todo un sistema. El régimen y el pueblo se atan mutuamente; el líder usa el nacionalismo para mantener el poder y el pueblo lo usa para buscar sentido. Todos se sienten víctimas, pero todos participan en la trampa.
No es una decisión libre. Es dependencia de trayectoria.