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Nada inocentes: la juventud de China como cómplice de la tiranía

En China, el destino de los jóvenes adquiere un cariz especialmente irónico. A primera vista parecen generaciones sacrificadas: los jóvenes que murieron de hambre durante el Gran Salto Adelante, los Guardias Rojos cuya vida quedó arruinada en la Revolución Cultural, los migrantes que gastaron su juventud en las líneas de montaje tras la reforma y apertura, y los jóvenes urbanos actuales cargados con hipotecas descomunales y acosados por el desempleo. Es cierto que el precio se paga con sus vidas, pero la historia va mucho más allá.

La verdadera ironía reside en que estos jóvenes están lejos de ser completamente inocentes.

I. La cadena de los costos: traición y supervivencia

La lógica de gobierno del PCCh nunca se ha basado en la lealtad a un ideal, sino en la traición constante y en giros permanentes. Primero se apoyó en la Unión Soviética; cuando esta dejó de ser fiable, recurrió a Estados Unidos. Gracias a los pedidos y dólares estadounidenses, el PCCh logró seguir respirando. ¿Quién aportó la mano de obra? Los jóvenes. ¿Quién transformó sudor y sangre en dólares? También los jóvenes.

Ahora, cuando el PCCh teme que la juventud se vuelva demasiado próspera e independiente, decide cerrar la puerta a Estados Unidos y edificar un «sistema continental». El resultado: los jóvenes quedan desempleados, su futuro es cercenado, mientras los mayores disfrutan de pensiones estables. La seguridad del poder siempre se compra a costa de las nuevas generaciones.

II. El ciclo del sacrificio: del hambre a las hipotecas

  • Gran Salto Adelante: quienes murieron de hambre fueron jóvenes y niños.
  • Revolución Cultural: los más fanáticos fueron los Guardias Rojos, finalmente enviados al campo y destruidos por completo.
  • Reforma y apertura: quienes trabajaron más duro fueron los obreros migrantes, que vendieron su juventud para generar divisas.
  • Hoy: los más cargados son los hipotecados, que entregan los ingresos de toda una vida como garantía al sistema.

La esencia de la historia no ha cambiado: los ancianos cosechan, los jóvenes pagan la cuenta.

III. Una complicidad necia: engañados, pero voluntarios

Sin embargo, presentar a los jóvenes como «víctimas puras» no basta. La ironía reside en que a menudo ellos mismos se prestan activamente al teatro del poder.

Se niegan a leer historia, rehúsan aprender y solo consumen adoctrinamiento. Así, los lemas antiestadounidenses o antijaponeses se vuelven fe.

Justifican su desempleo y penurias diciendo que es «el precio del patriotismo».

Incluso sueñan con arrimarse al poder, convertirse en lacayos del sistema y obtener parte del botín.

Observemos la realidad: ¿cuántos jóvenes chinos respaldan la «recuperación de Taiwán» proclamada por el Partido Comunista? ¿Cuántos claman por ayudar a Rusia en su guerra contra Ucrania? ¿Cuántos interpretan en internet el papel de pequeños nacionalistas exaltados que vitorean al poder y legitiman la violencia?

No se trata solo de un engaño, sino de una complicidad voluntaria. Aunque sean víctimas, fantasean con ser parte de los victimarios.

IV. La verdad del parasitismo: explotación mutua entre poder y juventud

Así se conforma un ciclo absurdo:

El PCCh trata a la juventud como un banco de sangre, extrayendo trabajo y dinero.

Los jóvenes, en su delirio, defienden al PCCh creyendo que es la única manera de asegurar un «tazón de arroz», e incluso sueñan con utilizarlo para explotar a sus propios pares.

La relación parasitaria queda establecida. El Partido se alimenta de los jóvenes, y estos, para sobrevivir, sostienen al parásito.

V. Conclusión: necios, pero no inocentes

En consecuencia, los jóvenes chinos son a la vez las principales víctimas y los cómplices más absurdos.

Su necedad no radica solo en ser explotados y adoctrinados, sino en someterse de buen grado, arrodillarse de forma voluntaria e incluso inventar excusas para quienes los gobiernan.

Esta es la ironía más profunda de China:

Un grupo de personas a las que se les vacía el futuro sigue aplaudiendo al régimen que lo vacía.

Son, sin duda, necios. Pero no, no son inocentes.

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