Del olvido a la caída: la historia que China borró antes de la OMC
Hoy, casi todos los chinos viven en una línea temporal ficticia. Su historia comienza en la década de 1990, como si antes de eso China no hubiera existido.
Ingresar en la OMC se convirtió en el “año cero” del país. El relato posterior habla del milagro de las curvas del PIB, de la prosperidad de los rascacielos y de la fábrica global, de una generación convencida de que “el mundo no puede prescindir de China”. En esta narrativa se borran por completo los sufrimientos y dificultades previos a la adhesión a la OMC.
El Partido Comunista instauró en el continente un régimen títere como organización espía soviética, no como una “revolución autosuficiente”.
La declaración Sun Yat-sen–Joffe: el Kuomintang ya estaba infiltrado y transformado por la Komintern, y los llamados “Tres Principios del Pueblo” eran meras herramientas.
Las verdaderas razones de la invasión japonesa: más que “saqueo de recursos”, se trataba de conflictos de orden imperial y la extensión del pan-asianismo.
El impacto del pan-asianismo: los intentos asiáticos de autoafirmación quedaron enterrados y fueron sustituidos por el mito de la “Guerra de Resistencia contra Japón”.
La guerra contra Japón: el PCCh tuvo escaso protagonismo, pero después se fabricó la idea de que fue la “columna vertebral”.
El movimiento de las Cien Flores y la campaña antiderechista: una purga organizada que silenció por completo a los intelectuales.
La Gran Hambruna: decenas de millones murieron de hambre, reescritos como “tres años de desastres naturales”.
La Revolución Cultural: diez años de catástrofe rebajados a “diez años de agitación”, sin reconocer nunca la lógica sistémica que la sostuvo.
La política de puertas cerradas: el aislamiento exterior se blanqueó como “autosuficiencia”.
La crisis de deuda externa: el agotamiento de divisas a finales de los ochenta obligó al régimen a virar.
El 4 de junio: totalmente silenciado; a los jóvenes se les educa para creer que “nunca ocurrió”.
Las masivas oleadas de despidos en empresas estatales en los noventa: decenas de millones de trabajadores quedaron desempleados, pero se reescribió como “reforma exitosa”.
Incluso nodos más antiguos fueron deliberadamente difuminados:
La reducción de la Revolución de 1911 y la República: los Tres Principios quedaron como “precursor de la nación china”, mientras se borraron los experimentos constitucionales, los patrones de los señores de la guerra y la continuidad legal.
El saqueo soviético del noreste chino: tras la guerra, la industria manchú fue desmantelada y llevada a la URSS, pero el PCCh lo cubrió con el mito de “luchar por el país con sus propias fuerzas”.
La guerra de Corea: no fue “defender la patria”, sino Mao interviniendo activamente para intentar destruir Corea del Sur, sin lograrlo; un expansionismo fallido.
El giro hacia Estados Unidos en los años setenta: el PCCh cambió voluntariamente de patrón, de vasallo soviético a vasallo estadounidense, y lo vendió como “victoria diplomática”.
La cadena de rescate de la reforma y apertura: se vendieron mano de obra y mercados para obtener soporte vital del capital occidental; no fue “autosuficiencia”.
La devolución de Hong Kong y Macao: no fue “renovación nacional”, sino el resultado de que el PCCh actuara como intermediario financiero.
Esta larga cadena histórica fue cortada, blanqueada y, finalmente, formó la amnesia actual.
La prosperidad cubre la memoria
Tras la década de 1990, la globalización colocó a China como “fábrica del mundo”. La gente solo vio el crecimiento de ingresos, la expansión urbana y la abundancia de mercancías, olvidando que detrás había condiciones internacionales irrepetibles: capital occidental, apertura de mercados y mano de obra barata.
Ese tramo de prosperidad se volvió un factor de ocultamiento, como si pudiera durar indefinidamente. La generación joven lo creyó normal; la generación mayor aceptó olvidar el sufrimiento anterior. Toda la sociedad cayó entonces en la ilusión colectiva: la historia comenzó en los años noventa y el futuro replicará automáticamente el crecimiento pasado.
Discontinuidad y amnesia
El problema es que esta pérdida de memoria no ocurrió de manera natural, sino que fue fabricada institucionalmente. Los manuales de historia se reescribieron sin descanso, los abuelos mintieron a los nietos y las experiencias de los padres se disolvieron en la transmisión. Cada generación partió de un inicio ficticio y nunca tuvo una memoria continua.
Así, aunque alguien quisiera reflexionar, no habría sobre qué; aunque alguien quisiera cambiar, no sabría qué cambiar. El peligro no reside en la decadencia, sino en no reflexionar nunca, y más aún en que la reflexión no produce acción.
Lo más peligroso es que parece que todos, en el fondo, ya conocen la respuesta. Es como si cada cual esperara el desenlace de su propia historia, enredado en la telaraña que él mismo tejió.