La ilusión del capital y la realidad del comunismo: su trampa
El dinero que ganó vino del mundo libre; el que perdió le pertenecía al sistema.
Hace unos días tomé un vehículo por aplicación. El conductor, un hombre de poco más de cincuenta años, vestía con pulcritud y hablaba con serenidad. Mientras conversábamos, supe que antes había tenido éxito en el comercio exterior. Abandonó el interior del país para instalarse en la costa, exportó piezas metálicas y artículos de plástico, y durante los años dorados una sola orden le rendía lo mismo que a otros medio año de sueldo. Las rebajas fiscales y la estabilidad cambiaria lo favorecieron, y en cuestión de años acumuló decenas de millones de yuanes.
—Aquellos años eran demasiado cómodos —me dijo—. Los clientes extranjeros enviaban pedidos, los bancos abrían cartas de crédito; yo pasaba el día entre Yiwu y Ningbo, dormía poco pero el dinero llegaba a raudales.
Sin embargo, decidió cerrar su empresa. Sentía que depender de extranjeros era inestable. Creí que lo habían obligado, pero sonrió y respondió:
—No. Fue decisión mía.
Un viejo compañero de estudios, ahora funcionario, le sugirió volver a la provincia y entrar a las obras públicas. La infraestructura estatal contaba con políticas generosas y flujos de dinero más previsibles; no haría falta mirar la cara a occidente. El argumento le convenció: vendió su compañía, retornó con liquidez en efectivo, se lanzó a licitaciones, fábricas, carreteras y anticipos de capital. Al principio todo marchó bien; el gobierno local lo ayudaba, los burócratas colaboraban. “Sentí que por fin era parte del Estado”, recuerda.
Hasta que el amigo cayó en desgracia, los proyectos se detuvieron y las facturas dejaron de pagarse. Las arcas provinciales estaban vacías, nadie quería firmar nada. La deuda ya no era comercial; era política. Durante dos años recorrió oficinas sin lograr recuperar un céntimo. La casa quedó hipotecada, la fábrica quebró y solo quedaron deudas. Hoy conduce a tiempo completo para plataformas digitales. No pronuncia quejas:
—No hay remedio. El país también está pasando dificultades.
Le pregunté si se arrepentía. Negó con la cabeza.
—¿Cómo iba a saberlo? El comercio exterior depende de los extranjeros; ellos armaron la pandemia para perjudicarnos. Era lógico salir de ahí.
Me quedé callado. Comprendí que necesitaba ese relato para poder seguir viviendo. Si admitiera que el problema es sistémico, toda su vida se derrumbaría. Resulta menos doloroso pensar que la culpa fue del exterior. Ese relato le preserva la dignidad y hace que su fracaso parezca razonable.
Lo cierto es que disponía de otras opciones. Con dinero y contactos podía haber continuado en el negocio, o invertir en Vietnam, Malasia o Tailandia. Nadie lo impedía. Pero no se atrevió. Le angustiaba alejarse del amparo del Estado; el mercado le parecía demasiado frío, la política se veía más segura. Cambió el riesgo comercial por un riesgo burocrático, la incertidumbre del mercado por la imprudencia del poder. Parecía protección, pero era un salto al vacío.
No supo —entonces— que su prosperidad no provenía de su talento sino de la globalización impulsada por Estados Unidos, que necesitaba un centro de manufactura disciplinado. En el ocaso de la Guerra Fría, China fingió integrarse al mundo libre tras traicionar a la URSS; Washington creyó en ese guion y volcó pedidos, capital y acceso a su mercado. Fue un dividendo global al que él se subió por azar.
Después regresó al interior y se apoyó en las relaciones personales para participar en obras públicas. Los contactos, los compañeros de promoción, esa idea de que “lo estatal es más sólido”, constituían su auténtica capacidad. Las ganancias del inicio respondían a la coyuntura; las pérdidas posteriores, a su propia elección. Es duro, pero exacto.
Historias así se repiten. Comerciantes, desarrolladores inmobiliarios, empresarios, contratistas: muchos siguieron la misma ruta. Mientras ganaban, adjudicaban los éxitos a su talento. Cuando perdieron, descubrieron la trampa del sistema. Nadie quiere contar el desenlace; la censura no lo permitiría y se parecería demasiado a una parábola.
El dinero que perdió compró la fantasía de que “el Estado nunca traiciona a los suyos”. El patrimonio se desvaneció, la fantasía quedó, incluso más reforzada. Era lo único en lo que podía creer. “La pandemia la inventaron los extranjeros; el país también está sufriendo; todos estamos igual”, repetía, casi tratando de convencerse.
No lo refuté. Afuera llovía. Detuvimos el auto ante un semáforo en rojo y pensé: no lo engañaron, entró voluntariamente en la trampa. El camino al cielo estaba abierto, pero él eligió bajar al infierno. Cada paso que dio parecía lógico, y quizá lo era; lo que fallaba era la lógica que abrazaba.
Como muchos chinos, nunca entendió la diferencia entre “capital” y “comunismo”. Su destino no es más que la intersección de ambas ilusiones.