La cadena de la redención: ninguna nieve es inocente
Un engaño compartido produce un fracaso compartido
La supuesta “legitimidad económica” de China en las últimas décadas es un chiste. Se repite que el pueblo aceptó al Partido Comunista porque tuvo comida y abrigo, pero lo que realmente sostuvo al régimen nunca fue la economía, sino el dinero externo que el Partido repartió por capas. Estados Unidos compró al Partido, el Partido compró a las facciones internas, y al final arrojó migajas al pueblo. En cada eslabón de la cadena hay un cómplice.
Después de los años setenta, el Partido traicionó a la URSS y se volcó hacia Estados Unidos. Para Washington pareció una victoria estratégica: el vasallo del enemigo cambiaba de bando. Terminada la Guerra Fría, Estados Unidos redobló la apuesta de ese mal juicio y creyó que, si China había traicionado a la URSS, también podría “reformarse” a través del dólar y del mercado. Capital, tecnología y pedidos inundaron el país: ese fue el primer eslabón. Estados Unidos creyó estar comprando a un criminal reformable, pero solo engordó a un monstruo.
Cuando el Partido Comunista tomó ese dinero, su primera reacción no fue mejorar la sociedad, sino alimentar al ejército, a las empresas estatales, a los gobiernos locales y a los tecnócratas para mantenerlos tranquilos. Cada facción capaz de reclamar algo recibió su porción de carne y, por tanto, no tuvo motivos para rebelarse. Ese fue el segundo eslabón. Solo después de saciar a las facciones, el pueblo pudo masticar las sobras. El aumento de los precios de la vivienda, el auge exportador, el alza salarial: parecen logros personales, pero en realidad son espuma creada por las transfusiones externas que pasaron de mano en mano.
El Partido envolvió todo en propaganda, se vendió internamente como “Gran Liderazgo” y lo convirtió en ficha de negociación externa: si Estados Unidos dejaba de inyectar dinero, sus inversiones se perderían, China no se integraría al mundo y el planeta caería en el caos. Engañar arriba a Estados Unidos, abajo al pueblo y en medio repartirse los beneficios entre facciones: así se sostuvo el sistema. Y, para rematar, el pueblo tampoco es inocente. El discurso interno es profundamente antiestadounidense; muchos desean que el Partido logre estafar aún más dólares para sacar algún provecho dentro del espejismo. Con esa mentalidad, los ciudadanos también forman parte de la cadena que engaña a Estados Unidos.
El problema de Estados Unidos fue la ingenuidad. Creyó que el desarrollo económico traería una transformación política. Décadas después descubrió que lo que había criado con su dinero no era un socio, sino un adversario. Cuando comenzó a cortar la transfusión, la ilusión se derrumbó. La “legitimidad económica de China” no es más que una copia de la legitimidad del dólar. El Partido es el estafador, Estados Unidos es el crédulo, las facciones son los repartidores y el pueblo es el cómplice. Cuando la cadena de la redención se rompe, queda claro que ninguna nieve es inocente.