De Liang Qichao a los magnates de Hong Kong: un siglo de autoengaño sinocéntrico
Cuando la dinastía Qing agonizaba, los intelectuales cantoneses Liang Qichao y Kang Youwei se empeñaron en salvarla. Inventaron el concepto de “nación china”, metieron a la fuerza a Manchuria, Tíbet y Xinjiang para que un imperio sin legitimidad pudiera seguir respirando. La narrativa nacional no era más que un embalaje colonial.
Cien años más tarde me encontré en Hong Kong a un magnate que parecía un fósil viviente. Nunca pisó Manchuria, Tíbet ni Xinjiang, pero insiste en que esos lugares deben quedar en manos del Partido Comunista. Maldice al Partido, aunque añade: “Para proteger el territorio tenemos que apoyarnos en él.” Es exactamente la lógica con la que Liang Qichao quiso salvar la Qing: el imperio se derrumba y hay que buscar un amo todavía más duro para sujetar la colonia.
Ese magnate también asegura que “China superará a Estados Unidos en cincuenta años”. Recordé de inmediato la frase de Hu Zhengzhi: “Estados Unidos caerá en menos de cincuenta años. Con un pueblo así, con tales costumbres, no puede ser grande.” ¿El resultado? Estados Unidos no solo no se hundió, sino que enterró a la Unión Soviética. Los actuales “fans del gran China” repiten la misma alucinación con un envoltorio nuevo.
¿Por qué piensan así? Porque su riqueza nunca nació de ellos mismos, sino de fuerzas externas.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos respaldó a Taiwán y Hong Kong; ellos aprovecharon la ola.
Con la reforma y apertura, Washington apuntaló al continente; ellos cobraron la segunda ronda.
Así, confundieron ese dividendo externo con una “ley de hierro” sobre el ascenso inevitable de China. Cuando el viento cambió y sus negocios sufrieron pérdidas enormes, recurrieron a la auto-hipnosis ideológica: el futuro será mejor, Estados Unidos caerá, China despegará. La parte cómica: mientras decía “China volará en cincuenta años”, le pregunté dónde invertía ahora. Contestó que en China había perdido una fortuna y que ultimamente se iba a Singapur. Palabras estruendosas, cuerpo sincero: la brecha entre discurso y acción es la mayor hipocresía del sinocentrismo.
Esta mentalidad no es nueva. La generación de Liang Qichao fabricó la “nación china” para sostener a la Qing. Los magnates hongkoneses de hoy, en nombre de la unificación, prefieren seguir dependiendo del Partido Comunista. Cambia el nombre de la ilusión, la lógica permanece intacta.
El llamado “gran China” es una fantasía colonial. No explica el pasado decadente ni garantiza prosperidad futura. Lo único que revela es la impostura de una élite alimentada por fuerzas externas, que inventa relatos para disimular su impotencia.